¿Qué sentido tiene vivir en el paraíso si no puedes compartirlo?

Últimamente estoy en modo melancolía tecnológica, echando de menos aquella adolescencia en la que hablábamos por messenger usando nicks con mensajes ocultos, o dando rienda suelta a la filósofa/poeta interna por fotolog mientras encontrábamos nuestro propio estilo… ¿Y la ilusión que daban los comentarios de amigos? O cuando descubrías nuevos perfiles, que eran de personas que podías encontrarte los fines de semana por ahí.

El podcast de Cuarto Milenial tiene parte de culpa de esta melancolía noventera/dosmilera ♡

¿Alguien más echa de menos aquellas redes sociales —las de verdad— que complementaban el quedar y verse? Yo desde luego sí, sobretodo en esta etapa adulta dónde el tiempo y la energía escasean, y los amigos están dispersados por el mundo.

Estos últimos años me he sentido frustrada, intentando estar en la corriente de crear-producir-vender de los artistas-artesanos de instagram, pero sin nunca conseguir el ritmo disciplinado y eficiente necesario para llegar a aquello que —supuestamente— quería llegar.

Ahora reflexionando, fruto de el trabajo interno con mi terapeuta, me he dado cuenta que mercantilizar mis pulsiones más artísticas, intentar seguir unos ritmos que no son los míos, o tratar de llegar a “algún lugar”, me hago la zancadilla a misma para ser “productiva” con lo que anhelo crear.

Estar tan conectada al contenido ajeno drena mi conexión conmigo misma, me deja anestesiada y carente de propósito. Es como si me conectara con una inspiración, y en lugar de escucharla en silencio, me metiera en una lavadora, me hiciera un centrifugado y saliera seca, mareada y sin saber por dónde iba.

Por suerte tuve mi primer teléfono Android bastante tarde, a los 26. El hecho de tener que abrir el ordenador para conectarme a la red hacía más consciente el tiempo que pasaba en este mundo virtual. También recuerdo estar mucho más tranquila, más presente en mi realidad, la que yo estaba viviendo… ¡y lo echo en falta! Porque, joder, estas malditas maquinitas están echas para hacernos adictos a ellas, y por mucho que seamos conscientes de ello, si no implementamos una barrera física es muy difícil desengancharse. Además, ahora casi absolutamente todo depende del móvil, y si no estás ahí metida sientes que te pierdes todo lo que pasa en el mundo. Incluso en muchos trabajos te obligan a tener whatsapp.

¿Os acordáis cuando quedábamos para salir con toda la fe y compromiso, y caminábamos por la calle sin móviles? Ahora es casi como que nos falta el aire si no lo llevamos.

Y con poner una barrera física me refiero realmente a volver a los móviles de sms y llamadas —¡ojalá poder hacerlo!—, a jugar con píxeles visibles en forma de serpientes o come-cocos… O si no queda otra que ir con Android por la vida, desinstalarse las aplicaciones de redes exsociales (hoy de contenido).

Esto es lo que he hecho yo, aunque el FOMO no lo pierdo, ni el miedo a que dejen de seguirme porque no estoy activa y no subo nada a redes… pero es que, igualmente, etando (de)pendiente de ellas no lo hago.

Esta es la diferencia que he notado. Desde los trece años siempre he tenido la necesidad de lanzar al mundo por la ventana digital mis escritos, mis fotos, mis creaciones. Ahora no tengo motivación para hacerlo, está todo tan saturado que me pregunto… ¿Para qué? Porque sí, para mi misma, pero sin los demás tampoco me tiene sentido; quiero decir, si no comparto lo que me nace crear, pierdo una parte de la ilusión de hacerlo, de que a alguien le guste o le emocione de alguna forma. Cuando creo algo que me ilusiona es como que “me quema en las manos”.

Una vez escribí “¿Qué sentido tiene vivir en el paraíso si no puedes compartirlo?”, y lo siento un poco así.

Entonces, por ahora, seguiré sin tener aplicaciones exsociales en mi teléfono, a ver si así recupero mi productividad natural sin dependencia a mirar lo que otros hacen, y cuando quiera compartirlo lo haré, y aprovecharé para darle amor a las creaciones de los demás, pero con esa barrera física de espacios de tiempo en las que estaré desconectada para escucharme a mi misma, sin presiones, sin sobreestimulaciones, sin comparaciones. Porque internet mola, pero molaba más antes.

Gracias por leerme ❀

Berta.

2 comentarios en “¿Qué sentido tiene vivir en el paraíso si no puedes compartirlo?”

  1. Me hace ilusión descubrir que aquella Berta que conocí a pie de estación de metro ha crecido y madurado, mi impresión por todo lo que voy viendo es que a mejor y más. Otra cosa es el cómo vivimos aquello que nos ocurre y como nos enfrentamos a ello. Leyendo tus reflexiones pienso que estás en el camino correcto y como lo recorremos depende mayoritariamente de nosotros. Tuyo afectísimo «eldivinopaciente»

    1. ¡Vicents! Siempre me sigues la pista, ¡y siempre me encuentras! Una grata sorpresa tu comentario, gracias como siempre… quince años de aquella Berta que repartía el periódico a la salida del metro, mucho ha llovido 🙂

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